Los adultos solemos temer herir a los niños al comunicar una pérdida, pero la clave no está en evitarles el dolor, sino en enseñarles a transitarlo con la verdad y una presencia afectiva disponible.
El miedo de los adultos en el consultorio
Son varias las consultas que recibo de padres y cuidadores , preguntando cómo decirle a un niño que murió un familiar, una mascota o en situaciones aún más complejas, un compañero de la escuela. Las dudas se repiten una y otra vez en el consultorio: ¿Cómo se lo digo? ¿Qué hago? ¿Es correcto llevarlo al funeral o es mejor no hacerlo para evitarle el sufrimiento?
Detrás de estos interrogantes suele haber mucho miedo a lastimarlos, a decir la palabra incorrecta, a intensificar su angustia o a quedarnos sin respuestas ante las preguntas que vendrán después. Porque hablar de la muerte con un niño es un desafío difícil para cualquier adulto. Muchas veces procuramos encontrar «la forma perfecta» de encarar el tema, como si existiera una frase mágica o un manual exacto capaz de erradicar el dolor. Sin embargo, no podemos evitarles el dolor, pero sí podemos enseñarles a transitarlo.

El duelo en ráfagas: ¿Cómo se manifiesta en la infancia?
Un error muy común es creer que, porque un niño sigue jugando, no llora todo el tiempo o se distrae rápido, «no entendió» o «no le afectó tanto» la pérdida. Pero el duelo en la infancia no funciona como el nuestro, no es una línea recta de tristeza constante; los niños procesan las ausencias en ráfagas.
Tienen la capacidad para entrar y salir del dolor: podemos verlos por momentos llorar desconsoladamente haciendo preguntas difíciles, y a los cinco minutos estar queriendo salir a jugar al fútbol. No es indiferencia, es el mecanismo de defensa que utilizan, dosificando la intensidad emocional para no saturarse. Por eso, el dolor infantil no siempre aparece en palabras; la mayoría de las veces se manifiesta en conductas. Podemos ver muchas veces cambios en el sueño, regresiones, mayor irritabilidad, apego ansioso o modificaciones en su forma de vincularse.
El peligro de las metáforas y la importancia de la verdad
En ese intento natural de protegerlos y construir una burbuja donde nada los dañe, los adultos solemos recurrir a frases comunes como «se fue de viaje», «está durmiendo en las estrellas» o “está en el cielo”. Para un niño, estas frases pueden representarse de manera literal. Un viaje implica un regreso y el acto de dormir implica despertar. No es raro encontrarse con niños que, después de escuchar estas frases, desarrollan muchísimo miedo a irse a la cama o se angustian cada vez que sus padres arman una valija para viajar.
Los niños necesitan explicaciones más claras y simples, adaptadas a su madurez, edad y con palabras que comprendan. Decir frases como: “Su cuerpo dejó de funcionar, ya no respira, no siente dolor y no va a volver”, les da una base real sobre la cual empezar a procesar la pérdida de forma sana.
Presencia y vulnerabilidad: Adultos emocionalmente disponibles
En el fondo, nuestros hijos no necesitan adultos con respuestas que ni nosotros logramos comprender del todo; necesitan adultos emocionalmente disponibles. Está bien y es sumamente sano mostrarnos vulnerables ante ellos.
Decirles “No tengo todas las respuestas, pero estoy acá con vos”, “A mí esto también me pone muy triste” o “Podemos llorar juntos y hablar de esto las veces que lo necesites”, es la mayor lección de resiliencia que podemos demostrarles. Esto habilita la emoción y enseña con el ejemplo la manera de procesarla.

Herramientas prácticas para acompañar la pérdida
El dolor de la pérdida no se puede evitar. El duelo se debe atravesar, y en la infancia, se atraviesa acompañado. Ayuda mucho nombrar lo que pasó, sostener rutinas que den seguridad, habilitar preguntas, recordar a quien ya no está, mirar fotos, contar historias, hacer rituales simbólicos y, sobre todo, transmitir que, aunque sea algo doloroso lo que haya pasado, no están solos para atravesarlo.
Un puente de palabras: Hablar de la muerte es hablar de amor
Hablar de la muerte también es hablar de amor. Es por eso que sentí la necesidad de publicar un libro específicamente para facilitar este momento tan complejo. “Timo, ¿A dónde van los que se van?” ofrece ese puente de palabras, ilustraciones y herramientas cotidianas para acompañar a transitar este camino.
Agustina Pérez Gomar – Psicóloga especializada en niños, adolescentes y familias
Instagram: @agustinaperezgomar | agustinaperezgomar.com