El pediatra de la familia

Salud y Bienestar
Dr. Daniel Estévez

El pediatra de la familia

Dr. Daniel Estévez

En nuestro país somos muy poquitos y existe el dicho popular que afirma que “nos conocemos todos”. Lo cierto es que hay un nombre que, tanto en reuniones de amigas, como en encuentros familiares o sociales de cualquier índole, se repite: el del Dr. Daniel Estévez. Y es que cuando una es madre, el pediatra tiene un rol importante en la familia. Nos saca dudas, nos quita nervios, atenúa nuestra ansiedad ante situaciones de salud de nuestros hijos o a veces hasta hace de psicólogo, cuando nos sentimos desbordadas por tanta responsabilidad.

Lo cierto es que el Dr. Daniel Estévez, especialista en Pediatría y en Neonatología, suele aparecer en muchas conversaciones de mamás -y hoy por hoy también de papás, claro que sí- porque como dicen quienes se atienden con él, es mucho más que un médico.

Pero como la mayoría de las veces lo vemos en el consultorio, detrás de un escritorio, desconocemos que este doctor tiene en su haber una vida mucho más inspiradora de lo que por allí se comenta. Nacido en una humilde casa de La Unión, sin doctores ni parteras, a fuerza de instinto maternal nomás, Estévez emergió de un sector poco privilegiado de la sociedad, y sin dimensionarlo demasiado, con el paso del tiempo se fue convirtiendo en un neonatólogo apasionado, deviniendo en pediatra después. Gracias al aliento de algunas personas significativas en su camino de formación, fue guiado a seguir creciendo, aun cuando en su casa el estudio no era lo más común ni relevante.

Con casi 40 años de profesión, conversamos con él sobre sus orígenes, su presente, sus principales temores y los cambios que ha visto a lo largo de tantos años entre salas de parto, pasillos y consultorios.

“Gracias a que mi padre era amigo del portero de la asociación española, conseguí mi primer trabajo. empecé a trabajar en el servicio y después hice un curso de enfermería”.

¿Cómo te iniciaste en el camino de la medicina?

Fue fortuito en realidad. Durante la etapa de adolescente, estaba perdido en la vida. Cuando estaba en el liceo, hacía las mismas cosas que hacen los adolescentes de hoy. Perdía exámenes, vivía sin rumbo, me quedaba afuera de las clases, me costaba todo. No sabía qué iba a hacer con mi vida. Realmente no tenía idea. En mi entorno no había ni un médico, mi único vínculo con la carrera era mi padrino, quien trabajaba en la facultad de medicina como administrativo. Eso era lo más cercano que tenía. Capaz mi relación con la medicina viene por el vínculo que tenía con él, era especial, fue quien me regaló mi primera campera, por ejemplo, pero sinceramente no sé cómo fue que terminé estudiando esto.

¿De qué origen es tu familia?

Mi padre era un inmigrante español que huía de Franco, de la guerra civil española; venía de perder a sus padres. Tenía un estilo de crianza muy patriarcal. Mi madre venía también del Mediterráneo, ella era italiana. En total somos cuatro hermanos, tres varones y una mujer.

Mi papá era un artesano, un tapicero que nos enseñó su oficio y trabajábamos con él desde muy temprana edad, lustrando muebles y tapizando. Éramos una familia humilde del barrio de La Unión.

¿Cómo te fue en la universidad?

Me fue excelente. Se ve que era lo que me gustaba. Creo que dar con tu vocación es una cuestión de suerte. Yo la tenía y la pude desarrollar. Gracias a que mi padre era amigo del portero de la Asociación Española, conseguí mi primer trabajo. Empecé a trabajar en el servicio y después hice un curso de enfermería. Alentado por un médico que me grabó en la vida, el Dr. Franklin De los Santos, es que llegué a ser médico. Primero me incentivó a hacer enfermería para pagarme los gastos, trabajé como enfermero durante mucho tiempo y con eso hice la carrera. Laburaba de lunes a viernes y durante los fines de semana hacía guardias o pasantías. Quienes trabajábamos, íbamos de noche a la facultad.

¿Y por qué elegiste estudiar pediatría?

Las circunstancias de la vida hicieron que ejerciera de pediatra pero en realidad estudié Neonatología. Cuando hice el internado -el último año de práctica antes de ser médico- en el Hospital de Clínicas, conocí a un científico, Miguel Martell, quien fue mi profesor de Neonatología. Es uno de los tipos que más sabe del tema, tiene los mayores méritos en relación a la investigación en nuestro país. Al principio trabajaba más de neonatólogo y luego se fue decantando hacia la Pediatría. Ahora hago partos pero no la cantidad que hacía antes. En aquella época, aún sin haberme recibido, hacía partos en el Hospital Pereira Rosell; hacía muchos partos, no había gente suficiente y se necesitaba ayuda.

Si bien tus padres no estudiaron tuviste referentes en tu vida que te alentaron a hacerlo…

Tuve la suerte de cruzarme con personas que me guiaron, sí. Mis padres me influyeron desde el punto de vista de mi personalidad pero no desde lo profesional, sin dudas. Mis hermanos y yo, en cambio, estudiamos, mi hermana es maestra y mis dos hermanos son educadores sociales del INAU.

¿Y qué heredaron de tus padres?

De mi padre el exceso por el trabajo, de lunes a domingo. Todo el tiempo trabajaba y creo que hoy a mis hermanos y a mí nos cuesta dejar de hacerlo también. Mi padre nos impulsó a trabajar sin parar.

Hoy tenés esposa e hijos, ¿cómo compensás tantas horas de trabajo fuera de casa?

No es fácil compensar, de hecho no lo hago. Es un conflicto personal, la única vez que cierro cortina es durante mis vacaciones que no llevo celular. Sin embargo mi esposa, Patricia, y mis hijos Fernando, Gonzalo y Guillermina, me apoyan. Sin dudas, son la base de mi vida.

¿Cómo abordás a los papás nerviosos y aprehensivos de hoy en día?

Es un tema de empatía, se trata de conocer a la otra persona y saber qué quiere, qué es lo que necesita que le dé. Con el diagnóstico hecho, intento saber cómo acompañar, hay madres que se quedan tranquilas y están de las otras. La medicina no es exacta y las enfermedades son evolutivas. A veces eso mucha gente no lo entiende. Un niño puede empezar con fiebre y después decanta en otra cosa. Entender los procesos lleva su tiempo.

Yo creo que la empatía, el sentido común, la tolerancia, hace que los vínculos sean posibles. La medicina es mucho de sentido común. Claro que hay que estudiar pero si tenés sentido común podés manejar mucho mejor las situaciones.

Y se podría decir que por esta forma de conectarte con los padres es que te consideran más que un médico…

Es un tema patológico mío, claro está. La relación médico – paciente no es para mí, suelo tener vínculos más de amistad, lo cual tiene sus conflictos. Establezco relaciones que me permiten conocer el entorno de mis pacientes y a las familias que los rodean, es algo que no puedo evitar. Soy así. Sumado a que me encuentro en los momentos más difíciles e importantes de las vidas de las personas, estoy en los nacimientos, y eso me diferencia de los demás pediatras.

¿Qué satisfacción te brinda tu profesión?

Me encanta lo que hago, me gusta ver a los niños crecer; el otro día me llamó un papá a contarme que su hijo que atendí toda la vida, había cumplido 18 años, ¡18 años! y si me pongo a pensar era un niño que había tenido más problemas que “Peteco”. Y que desde mi lugar yo haya incidido para que ese niño se transforme en una persona de bien, para mí es inmenso. A parte de incidir en los diagnósticos uno tiene que ayudar a los padres a caminar por un sendero que a veces no es fácil. Ser padre es difícil, yo en muchas ocasiones no he sido un buen padre, he dejado “colgados” a mis hijos por los demás, pero tengo una mujer que me apuntala, entonces eso ayuda a que mi paternidad se haga más fácil y yo pueda desarrollarme en mi profesión.

“Podés saber mucho de medicina pero si no tenés humildad, si no sos tolerante ni empático, ni tenés sentido común, la quedás. hay que saber escuchar y no hacerse el crack.”

¿Cómo procurás dar resultados adversos? debe ser difícil…

Ese es el momento más complicado de los pediatras. Yo cuando lo hago procuro dar a su vez herramientas para convivir con la situación. A mí lo que más me cuesta de todo es el Autismo. Es un diagnóstico que no “olfateás”, que te lo podés “comer” perfectamente. Y a su vez dar un diagnóstico de estas características implica estar seguro, sin dudas requiere un cuidado diferente.

¿Por qué?

Porque cuando vos decís que alguien es autista implica que le cambies el rumbo de la vida para siempre. Y hay que tener cuidado. Se juega mucho ahí. Hay que dar contención en esas situaciones, a los padres les cambia todo. Y hoy en día es tan común. Yo le he errado en esto. Me acuerdo de un padre que se enojó conmigo porque yo no lo percibí en su hijo. Tiempo después me trajo algo referido al trastorno para que lea. Es muy poco el rato que veo a los niños como para darme cuenta, y si uno no está pendiente se te puede pasar por alto.

¿Creés que el aumento de casos de autismo se debe a causas del contexto u hoy hay más herramientas para diagnosticarlo?

Honestamente no lo sé, creo que va de la mano de mucha cosa. El otro día hablaba con un neuropediatra de esto, son niños que pueden pasar desapercibidos perfectamente. Depende del grado, claro. Cuanto más precoz se diagnostique, mejor, pero a veces pasa desapercibido porque empiezan a aparecer síntomas recién a los 18 meses.

Trabajás con sectores de la población de alto y bajo poder adquisitivo. ¿Qué diferencias hay desde el punto de vista médico?

Tienen hasta patologías diferentes. En la población del hospital público hay más enfermedades infecciosas porque están en contacto con el frío, con la falta de alimento, se crían en ambientes inhóspitos. En el consultorio privado realmente eso no existe y es una población que tiene otro acceso a la información, lo que te obliga a leer y a estar bien parado frente a situaciones que pueden surgir.

¿Cuál es el mayor desafío de la actualidad para un pediatra?

El desafío de estos tiempos es estar al día. Creo que tener contacto con tus colegas, conversar con tus pares de tus casos, te da tranquilidad. Sentís que no estás solo. Es muy importante ser humilde, saber que te podés equivocar… y aceptar. Saber escuchar es primordial, es mucho más difícil de lo que parece. Podés saber mucho de medicina pero si no tenés humildad, si no sos tolerante ni empático, ni tenés sentido común, la quedás. Hay que saber escuchar y no hacerse el crack. No es fácil ser médico, de hecho es cada vez más difícil…

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