Conversamos con Ernestina Anchorena, paisajista argentina, quien nos cuenta sobre su conexión con la naturaleza, sus proyectos actuales y su diseño en la chacra Santana, camino a José Ignacio.

¿Cuál es el primer recuerdo que tenés, en contacto con la naturaleza?
Mi primer recuerdo es un oso polar, en el cielo del campo donde me crié. Y ese primer recuerdo tiene que ver con encontrar mi mundo inconsciente en el paisaje. Me crié en el campo, yendo a la escuela en un petiso, entendiendo las estaciones del año, esperando el fuego del invierno, los árboles desnudos, la cebadilla demasiado verde, los junquillos perfumados. Desde chica haciendo ramos con los aromos y las violetas en agosto, las glicinas en setiembre, las rosas en octubre y cada mes con sus flores y sus perfumes.
¿Qué opinas de la moda en el diseño del paisaje? ¿ Creés que un mismo diseño puede aplicarse a cualquier espacio o que cada jardín debería tener el alma de su dueño?
Me gusta ir en contra de la moda, porque siempre fui rebelde o busqué una revelación distinta a lo que el espíritu de la época me proponía.
Hace veinte años, empecé a proponer pastizales en mis trabajos, comunidades de plantas nativas. Y hoy que está tan de moda los jardines naturalistas, voy con más fuerza hacia lo humano, las primeras instancias del jardín, los patios, las terrazas, ese intermedio entre las casas que habitamos y la naturaleza salvaje, para encontrar ahí ese diálogo entre aquello que nos es propio, que viene con nosotros en el recuerdo, nuestra idiosincrasia. Y en esa instancia, pensar jardines amables, con una transición entre lo de adentro y lo de afuera. Uno no sale de golpe de una situación a otra, hay que pensar las luces y las sombras, donde se pisa, bajo qué nos cubrimos para no salir al sol de golpe y encandilarse. Lo que más me interesa hoy son los espacios de transición. Y modularlos de tal manera que se vivan con naturalidad.


¿Qué te inspira?
Me inspira estirar los pensamientos, cuando salgo a la ruta con el campo a los lados y el viaje se transforma en una meditación que va cambiando según cambia la luz y el paisaje.
¿Qué porcentaje de intuición hay en tus trabajos?
Desde que Justo* murió, vivo entre dos mundos, en ese umbral y desde entonces todo se ha vuelto intuitivo, sobre todo mi trabajo que me hace muy feliz.
* Se refiere a Justo Novillo Astrada, su hijo.
Contame sobre este trabajo en la Chacra de la familia Pitt, cerca de José Ignacio. Trabajaste con canteros. ¿También plantaron árboles?
El proyecto de paisajismo, parte de las líneas arquitectónicas de esta casa desarrollada en una planta, y propone terrazas al norte y al sur para anclarla fuertemente al terreno. La terraza norte brinda un plano cortando la loma con un muro del mismo material que la casa, con un estanque que oficia también de banco y pivote, y olivos que dan escala y ritmo a este gran plano. Hacia el sur y acompañando la vista abierta hacia la laguna, se generaron terrazas de pasto, contenidas por canteros de praderas de especies nativas, especialmente producidas para este proyecto.
En una de las terrazas y en un nivel más bajo, se ubicó la pileta también contenida por praderas. El acceso a la casa principal y de visitas es un monte de Ibirápita que da sombra y sosiego con circulaciones de balastro y plantaciones sueltas.

¿Tenes algún paisajista favorito?
Aprendí mucho de Jorge Garino: él me enseñó a entender primero todo lo que no hay que hacer. A veces las intervenciones son mínimas y hay que tener el coraje de admitir que el paisaje solo necesita un banco para sentarse a contemplarlo. Lo que rescato de Garino es que él sabía poner al paisaje por delante de su ego.
¿En qué estás trabajando ahora?
Ahora, estoy trabajando en proyectos a gran escala en Uruguay, cerca de José Ignacio. ¡Tengo la suerte de poder poner en valor el matorral psamofilo, único en el mundo y en peligro por el poco valor que le dan, sin saber el tesoro que tienen sobre el mar!
También, estoy trabajando en la proyección de un parque público en Cañuelas, provincia de Buenos Aires, Argentina, junto a Carlos De Ridder, gran arquitecto. Y en el proyecto de restauración y re diseño del casco de estancia que perteneció a Vicente Casares.



Si tuvieras que aconsejar a alguien a la hora de armar su jardín. ¿Cuál sería tu consejo?
Le diría que se siente en las diferentes horas del día a ver qué le dice el genius loci del lugar, que viva la noche y el día y que se deje inspirar por el paisaje y por la historia, que no se imponga como si el lugar fuera una página en blanco, porque no lo es.
¿Tenés tu propio stock de plantas creado en base a tu propia cosecha de semillas?
Hace algunos años empecé a desarrollar plantas de semillas que recolectaba en lugares donde debía ejecutar los proyectos, porque no encontraba en viveros, plantas nativas de cada lugar, ni la cantidad para hacer grandes plantaciones.
Hoy las reproduzco tanto en Uruguay como en Argentina y es algo que me apasiona. Mis planos de plantación, surgen de lo que fui cosechando con un año de anticipación para cada jardín.


¿Qué ambiente quisiste lograr en Santana?
El trabajo en Santana fue muy bueno, porque el cliente participó activamente del proyecto con muy buenas ideas, generando una sinergia de trabajo donde todo el tiempo aparecían buenas soluciones. Mi intención, fue que la casa se fuera “desarmando“ en el paisaje de líneas orgánicas, muy quebrado y con lindos montes achaparrados a lo lejos. Por eso, planteé terrazas planas para diferentes usos según la orientación. La pileta la ubiqué más abajo, en una terraza distinta. Las praderas de nativas van “cociendo” todo el entorno. Y montecitos de árboles nativos van apareciendo a los lados. Más lejos, el pastizal.

¿La naturaleza nos salva?
Contemplar la naturaleza nos salva, y quien no lo crea que se siente en el banco de Garino a ver bajar el sol sobre una laguna llena de pájaros.
@ernestinaanchorena2