Radioterapia: El factor humano es irreemplazable frente a la tecnología

Salud y Bienestar

Radioterapia: El factor humano es irreemplazable frente a la tecnología

Mabel Sardi, del Hospital Italiano, analiza los avances de la especialidad y advierte sobre la importancia de no perder el ojo clínico ni el vínculo con el paciente.

Con una trayectoria que atraviesa décadas de transformación en la especialidad, Mabel Sardi es una voz autorizada para entender el presente y el futuro de la radioterapia. Formada en la Universidad de Buenos Aires, la especialista en radioterapia ha ocupado roles clave en la formación de profesionales y en la conducción de servicios, además de desempeñarse como directora académica en Mevaterapia Oncología Radiante. Su recorrido le permite ofrecer una mirada integral, que combina experiencia clínica, docencia y gestión. Además, fue una de las invitadas a la Primera Convención de RT International Institute sobre radioterapia, realizada el 13 y 14 de marzo en Punta del Este.

Desde esa perspectiva, Sardi traza un recorrido por los cambios radicales que vivió la disciplina: desde los equipos de baja energía y las limitaciones en la localización de tumores, hasta la incorporación de imágenes en tres dimensiones, la integración de la tomografía y la resonancia, y el desarrollo de tecnologías que permiten tratamientos cada vez más precisos y seguros.

Al analizar el escenario regional, destaca una Latinoamérica heterogénea pero en proceso de crecimiento, impulsada tanto por la incorporación de tecnología como por la formación de nuevas generaciones de especialistas con bases sólidas. En ese marco, subraya el valor de espacios de intercambio como la Primera Convención RT International, donde el análisis de casos concretos favoreció el aprendizaje colectivo y el debate profesional.

De cara al futuro, Sardi señala el potencial de herramientas como la inteligencia artificial para optimizar procesos, aunque advierte que ningún avance tecnológico reemplazará el rol del médico. Para la especialista, el conocimiento clínico, el “ojo médico” y el vínculo con el paciente siguen siendo pilares insustituibles y deben integrarse con la innovación para lograr una práctica verdaderamente efectiva.

Ha formado generaciones de radioterapeutas, ¿cómo cambió esta especialidad a lo largo de los años? Viví la historia de la radioterapia. Cambió todo, no queda nada de lo de antes. Pasamos de equipos de baja energía a equipos de alta energía. Cambiamos las técnicas. La llegada de las imágenes en 3D nos cambió la vida, porque antes teníamos que ubicar una lesión o un tumor donde fuera, en el pulmón, en el cerebro, en la próstata, con una placa de frente y una de perfil, y determinar, con mejor o peor criterio, un tercer diámetro que nunca estaba claro. Eso, además, con equipos que no permitían focalizar tan bien. Había que darle a esa lesión un margen importante y no se podía controlar ningún movimiento. Ese margen significaba tejido sano que se estaba irradiando innecesariamente. A eso se sumaba que en ese momento que se conocía un poco de la radiobiología de cada tejido. ¿Curábamos pacientes? Sí, los curábamos, pero menos que ahora y con más toxicidad.

Los tomógrafos, el resonador, el PET (sigla en inglés para el Tomógrafo por Emisión de Positrones), llegaron más o menos juntos en los años 70. Allí cambió todo. Antes, en los 50, tuvimos un gran salto terminológico que fue el paso de los equipos de baja energía a los de alta energía. En ese momento se usaba la bomba de cobalto, hoy totalmente despreciada, pero que nosotros, los viejos, amamos, porque nos cambió la vida. Nos permitía dar dosis más altas en profundidad porque teníamos menos superficie.

Después vinieron los aceleradores, con grandes ventajas de radioprotección. Porque después de descartar una fuente radiactiva, terminás mandándola a algún lado donde siempre está emanando tadiación. La mandás donde no moleste, pero siempre irradia. Los aceleradores ya fueron otra cosa, con mucha más energía, y aumentaban la dosis porcentual en profundidad. Se podía irradiar un tumor con mucha más dosis porque también estaban la tomografía y de la resonancia. Eso nos cambió mucho.

En los 90, los equipos de imágenes se pudieron meter en los equipos de tratamiento. Entonces, teníamos imágenes reales en el momento en que estábamos tratando al paciente. Eso no tiene precio. Al mismo tiempo, aprendimos mucho más sobre radiología. Hoy sabemos qué tejidos toleran más dosis o menos, cuántos se recuperan, cómo y en qué tiempo. Además, hay planificadores que usan un software muy robusto diseñado para esto. Todo cambió.

¿Cómo está posicionada Latinoamérica en radioterapia y avances tecnológicos para el tratamiento del cáncer? Hay una heterogeneidad tendiente a achicarse. Esto viene de la mano del ingreso de la tecnología y de mucha gente que se ha dedicado a formar gente. Las personas de entre 40 y 50 años tienen un esqueleto formativo fuerte.

¿Qué logros destacaría de la Primera Convención RT International, de la que participó en Uruguay De todos los tipos de reuniones uno saca algo bueno. Pero esta, donde se trabajó sobre casos puntuales, era de esas a las que hay que ir sí o sí. Porque nadie se distrae, todo el mundo está pensando, surgen preguntas, todo el mundo tiene su opinión. Además, son instancias mucho menos protocolares, la gente se anima más, es más lindo. Pero cuesta más prepararse, hay que encontrar los casos clínicos para discutir.

A futuro, ¿por dónde cree que la radioterapia puede avanzar o mejorar? Tal vez la inteligencia artificial colabore mucho. En el Hospital Italiano estamos apenas usándola para el auto-contorneo, marcar los órganos, las distintas estructuras. Es tener una herramienta que haga lo básico, pero después el profesional va corrigiendo. Eso ya lo tenemos, lo estamos usando y habrá muchas más cosas que todavía no llegaron, pero seguro que nos va a ayudar. Además, el conocimiento radiobiológico y la clínica, la tecnología, las técnicas, la radiobiología. Si todo esos se integra, es un combo buenísimo, pero falta la clínica, el ojo médico, el vínculo con el paciente, no hay que perder todo eso. Eso siempre va a seguir siendo la esencia.

Radioterapia pediátrica: un abordaje a medida que exige tiempo, cuidado y especialización

La radioterapia en niños plantea desafíos muy distintos a los del tratamiento en adultos, tanto desde lo médico como desde lo humano. La doctora Soledad Colombo, especialista en radioterapia de Mevaterapia en el Hospital Italiano, fue otra de las invitadas a la Primera Convención RT International y, en ese marco, contó algunos detalles sobre su trabajo.

“Es un mundo aparte y el trato es diferencial”, dijo, y agregó que hay que respetar los tiempos de los niños y mostrarles las máquinas a las que van a estar expuestos en una primera instancia. “No se puede ir al tratamiento de una, sino llevarlos a que prueben las máquinas y, recién ahí, cuando el médico está seguro de que el niño está seguro, de que sabe que no le va a pasar nada, que no va a doler, se comienza con el tratamiento”, resumió.

Ese proceso de adaptación es clave, incluso cuando la urgencia clínica apremia. La preparación emocional del niño forma parte del tratamiento: explicarle el procedimiento en términos que pueda comprender, generar confianza y permitirle familiarizarse con el entorno. El objetivo es evitar la anestesia, que, si bien es una opción, no es la ideal. Para lograrlo, Colombo destaca la importancia de un enfoque progresivo: “contarles el cuentito” y que “prueben de a poco, no todo en un día”.

Desde el punto de vista médico, las diferencias también son significativas. Aunque los niños suelen tolerar mejor los efectos inmediatos del tratamiento, los riesgos a largo plazo son mayores debido a que sus cuerpos están en pleno desarrollo. “La radioterapia en los más chicos produce mayor toxicidad a futuro. No aguda, porque en general pueden ir mucho mejor los tratamientos. No sufren tantos efectos durante el tratamiento, pero sí hay que cuidar mucho las dosis, sus huesos y demás, porque están en crecimiento. Por eso, los daña más la radioterapia”, explica.

En este contexto, la especialista señala una deuda pendiente en la región: la falta de centros y profesionales dedicados exclusivamente a la oncología pediátrica. “Me parece que esa realidad tendría que cambiar y crecer un poco. Tendría que haber más hospitales que se dediquen a niños”, advierte, y subraya la necesidad de avanzar hacia una mayor especialización para mejorar la calidad de atención de los pacientes más pequeños.

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