Rose Papantonakis, la creadora detrás de Simplemente Rose, nos abre las puertas de su memoria afectiva y analiza, bajo una mirada honesta y profesional, desde los secretos de la gastronomía rioplatense y las claves del anfitrión ideal, hasta el valor de la sobremesa familiar y los desafíos de la exposición en la era digital.

En una época donde la inmediatez y las pantallas amenazan con diluir los espacios de encuentro real, existen referentes que alzan la bandera de las tradiciones con frescura y convicción. Con una trayectoria construida sobre el buen gusto, el diseño floral y la comunicación gastronómica, Rose, ha sabido ganarse un lugar central en el corazón del público.
En esta entrevista exclusiva, comparte una mirada profunda sobre el arte de ser anfitrión. Desde los aromas de su infancia en una familia numerosa y las chicharras del verano uruguayo, nos invita a reflexionar sobre la importancia de desacelerar, conectar y, por sobre todas las cosas, recibir siempre con alma generosa.
¿Qué imágenes, sonidos y aromas te llevan a cuando eras chiquita a las reuniones familiares de esa época? Las imágenes son casi siempre en la mesa familiar. Vengo de una familia numerosa, somos seis hermanos, siempre había mucha gente en la casa. En mi familia se cocinaba mucho, el aroma a la comida casera me remite a esos días de infancia en mi hogar materno. La cocina tenía un lugar especial en nuestras vidas, no era un ambiente más.


¿Los aromas que te llevan a la infancia? Tal vez las sopas, las flores también tenían mucha presencia. El aroma a rosas que se cortaban del jardín. Los aromas de la cocina eran una mezcla de distintos platos, los fines de semana eran los asados. Y siempre comida relativamente sencilla, sobre todo cuando éramos chicos. Pero siempre había algo que se estaba cocinando. Y esos aromas, que eran muchos, los tengo muy impregnados todos.
¿Y los sonidos? El primer sonido que se viene a la mente suele ser muy particular. Son los sonidos del verano, de las chicharras, que cada vez se escuchan menos. Eran las que te marcaban el comienzo del verano y los días de calor, la hora de la siesta. El afilador de cuchillos, que cada tanto pasaba. O el grito del heladero. Son todos esos sonidos que los recordás de la infancia, como que anunciaban algo y que teníamos el oído bastante afilado a eso. Éramos una generación ampliada. Afilados de otra forma. Qué lindo. Qué lejos ha quedado todo eso (comenta con nostalgia).
Si tuvieras que elegir un solo plato y un solo vino uruguayo para presentarle al mundo en este momento, ¿qué plato y qué vino elegirías? Me gustan mucho los blancos uruguayos. Creo que una cepa que se ha sabido manifestar muy bien en uruguay es el albariño. Si me das a elegir, el albariño de Bouza para mí es superlativo. Y si tuviera que elegir un plato, es sencillo, siempre digo lo mismo, un buen plato de pasta, de tallarines, con un buen aceite de oliva y un buen parmesano. Lo sencillo, pero donde se destaca la calidad de cada uno de los ingredientes. La materia prima. Eso y un buen choripán son platos que a mí me hacen muy feliz.


El choripán es riquísimo. Cambia un poco la preparación según la zona, ¿no? Sí, acá a diferencia de Argentina no te lo abren mariposa (se refiere al chorizo abierto). Lo comés entre dos panes. Acá lo cortan como en rodajas y te lo presentan con pan francés también cortado y lo vas picoteando. A mí me gusta más el choripán cuando lo comía en Buenos Aires, el de la costanera. He comido chorizos de la costanera, de esos que se conservaban en el río ( se ríe con ganas) . Un día dije, «yo voy a comer esos chorizos». Desde el punto de vista de bromatología era cero, pero acá estoy Vivita y coleando y era muy delicioso. También me gustan mucho los asados de obra o los parajes de camioneros; esos lugares nunca fallan.
En tu programa Bajo la lupa. ¿Cómo es el proceso de selección que haces de los restaurantes que aparecen en el programa? ¿Los seleccionás personalmente, te llaman, o es una mezcla de los dos? En general los selecciono yo. Cuando me llaman para que vaya a visitarlos, generalmente lo que digo es que voy a ir en algún momento, pero yo nunca aviso cuándo voy. A veces voy a lugares que están muy instalados, pero también me gusta ver para ver si siguen con el mismo estándar de servicio, de comida, de propuestas, si las han cambiado, si siguen de la misma manera. Bueno, algunos me llevo sorpresas, para bien, otros para no tan bien, pero sí, la idea es ir a hacer una evaluación. Yo no voy a recomendar restaurantes. Yo cuento mi experiencia con todo lo bueno y con todo lo malo que tuvo o que experimenté. Y trato de ser muy delicada en mis apreciaciones, para no ofender. Pero sí marco aquellas cosas que no están bien y además los califico de acuerdo a la pretensión del lugar. No voy a evaluar de la misma manera un restaurante de lujo, con doble mantel, un equipo de servicio amplio y una propuesta gastronómica elevada, que una chivitería, donde quizás ni siquiera haya mantel o individual en la mesa. Entonces bueno, cada lugar respetando su estilo y su propuesta.


¿Contanos alguna anécdota divertida o incómoda que hayas tenido en uno de estos Bajo la lupa? Sí, incómodas unas cuantas. La que tengo muy presente hasta el día de hoy, fue cuando comí una ensalada que tenía un chicle adentro masticado. Eso fue lo más asqueroso que me pasó, fue espantoso. Y como un descuido del cocinero, se ve que lo quiso escupir, con tanta mala suerte, cayó en mi ensalada. Y lo peor es que cuando les dije no me creían. Pensaron que tenía alguna intención de hacer maldad o de buscarle el pelo al huevo para encontrar un defecto. Yo voy a vivir la experiencia. Así que, en general, cuando me encuentro con este tipo de accidentes físicos en la comida, son los que más recuerdo. Uno se acuerda más de las cosas negativas que de las positivas. O de mozos que cuando me ven entrar, ya te das cuenta que empieza como un revuelo en el lugar.
Si tuvieras que elegir tres reglas que son innegociables para un anfitrión, ¿cuáles serían para vos?Siempre digo que para mí la primera regla de oro es recibir con alma generosa. Cuando recibís en tu casa , tienes que poner todo a disposición de tu invitado y esa generosidad se nota. De querer servir lo mejor que podés. No es deslumbrar a nadie, es dar lo mejor dentro de lo posible. Servir el vino adecuado, que no siempre es el más caro, de acuerdo a las posibilidades de cada uno.

Hoy en día las reuniones se han descontracturado bastante en comparación con la rigidez del pasado. Si tuvieras que tomar cosas del pasado y del presente para armar una comida, ¿qué cosas tomarías de cada época para lograr una buena mezcla? A mí la mesa demasiado informal no me gusta. Ni que se hayan flexibilizado tanto las normas, sobre todo los modales de la mesa, donde cada uno habla de lo que quiere o de lo que tiene ganas sin tener empatía por el grupo, y eso genera a veces mucha discordia. Pero a mí, hasta por una cuestión digestiva, me resulta mucho más cómodo. El cuerpo está posicionado de otra manera, la respiración te cambia cuando comés sentado en una mesa.
Una reunión en una mesa convencional genera cosas, genera un vínculo muy lindo, otra circulación y otra presencia, donde estamos todos mirándonos a la misma altura. Y lo que genera también la sobremesa. Es ese momento en que, después de que el estómago quedó lleno y el corazón contento, salen conversaciones muy interesantes, que a veces en climas o en ambientes donde la gente tiene la libertad de pararse, sentarse, caminar por un lado para el otro, eso no sucede.
O sea, tomarías el protocolo… Para vos el protocolo debería ser siempre el mismo y la educación no se debería modificar nunca. Hoy en día, ya no hay casi personas que sirvan la mesa en las reuniones, eso también genera, ámbitos más privados, estar sentados alrededor de una mesa y servirla uno mismo. Que la sirva el anfitrión o poner una mesa donde cada uno se sirva y después se siente. Hay diferentes formatos. Yo me adapto a todos, pero digo: la mesa en sí, saliendo también de lo protocolar y de las reuniones, la mesa familiar como escenario es muy importante porque ahí se genera una capacidad de conversaciones, de valores, de vivencias, de contar anécdotas. Y tan latinoamericano.
En Estados Unidos directamente no existe. O yo he tenido alumnas que me han dicho que sus hijos comen en el dormitorio. La verdad que a mí me da mucha pena que eso se convierta en hábito. Porque hay que seguir dándole la importancia que tiene la mesa, que fuera de toda solemnidad es un espacio donde uno se reencuentra con parte de alimentos y uno da por hecho ese momento, entonces a nivel valores, también es importante cuando los hijos entienden que el estar sentados a la mesa es un momento sagrado y un momento donde uno se tiene que consagrar a la comida, a bajar un cambio, a conectar, a dejar el teléfono. Entonces me parece que es como hasta educativo el tema de conservar, de poder conservar la mesa como un espacio de vínculo familiar y que no se pierda.

Sos una mujer muy multifacética: florista, conferencista, entre un montón de otras facetas. ¿En qué formato te sentís más cómoda? Me formé en cada una de las disciplinas que ejerzo, lo que me da la seguridad necesaria para desenvolverme con comodidad en cada cosa que hago. Cada década la vida me propone una reinvención, un proceso de búsqueda personal constante que hoy se traduce en roles como conferencista e influencer. Aunque la generación de contenido semanal y la exposición resultan agotadoras, disfruto plenamente de comunicar, enseñar y recibir el afecto directo de las personas en la calle. Todo lo que transmito, lo encaro con la responsabilidad de saber que la comunicación debe centrarse en el otro y no en uno mismo. Es muy importante en estos días en que hay tanta sensibilidad en la gente y cualquier comentario puede ser malinterpretado.
Es un desafío grande el que se vive hoy con la sensibilidad del público. Sí, las redes… la exposición en redes es mucho más cruel que la exposición en una conferencia, que es la exposición en persona, real. En la virtual, cualquiera dice cualquier cosa atrás de un comentario en el teléfono y se amparan, por supuesto en el anonimato, porque no sabes quién es esa persona. Por suerte tengo una comunidad muy virtuosa, muy sana. Siempre tenés algún intoxicado, pero bueno, eso pasa en todos lados. A mis cincuenta y ocho años, esos comentarios me llegan con mi personalidad formada y firme.
¿De dónde sacás tu lado histriónico? ¿Tomás clases de actuación? Sos muy buena actriz. Las únicas clases de actuación que tomé en mi vida fueron en el colegio San Andrés en Buenos Aires, donde viví hasta los 45 años. Teníamos un profesor de teatro llamado Peter McFarlane que despertó algo en mí, aunque la ficha me cayó de grande. En mi casa siempre me tuvieron como una actriz, imitaba a los profesores y hacía reír a mis amigos. Después eso quedó sepultado para mi círculo íntimo, hasta que aparecieron las redes sociales.



¿Cómo capitalizas ese histrionismo en el mundo digital y en tus talleres? A través del humor encontré una forma de enseñar ejercicios básicos de convivencia social que mucha gente no sabe. Gracias a esto bajé el rango etario de mi cuenta; las madres les muestran los videos a los chicos y cada vez me sigue más gente joven con ganas de recuperar detalles de protocolo. En las redes saco a relucir ese histrionismo y en determinadas clases armo un personaje que es «la cuñada», la que critica todo. Hay mucha necesidad de reírse y me encanta hacer reír a la gente.
Si tuvieras que definir a una mujer chic, ¿cómo la describirías?
Es una mujer sobria que lleva la elegancia en el alma, en sus formas, en su manera de hablar, de moverse y de pensar. Es un concepto mucho más amplio que la vestimenta. La ropa es simplemente un accesorio o una fachada; podés ir vestida de punta en blanco, pero no serlo. La mujer chic es soberana de sí misma, se autocontrola, no se saca de las casillas, está en paz consigo misma, es educada y auténtica. Hay que ser auténtico ante todo y no aparentar algo que no sos.
¿Qué prendas recomendarías para armar un fondo de armario con prendas básicas e indispensables? Siempre recomiendo un buen blazer, un buen jean, una buena camisa blanca básica y buenos cinturones, asegurándose de que todo esté en buen estado. Es preferible tener pocas cosas pero de materiales nobles con poco sintético y prendas que calcen bien. Son muy pocas las mujeres que encuentran su estilo rápido; uno va pasando por diferentes etapas hasta encontrar el propio. Son clave los toques, los buenos accesorios, la cartera, los colores y saber qué querés transmitir. Es importante que la ropa sea de buena calidad, con buenas terminaciones, buenos dobladillos, y que esté siempre limpia y prolija.
¿Qué opinas de la no aceptación del paso del tiempo y de que tantas chicas jóvenes se estén aplicando Botox? Creo que no se llega a entender o a valorar lo que te dan los años. Obviamente ganás arrugas y canas, pero el valor de la edad tiene que ver con la calma, la sabiduría, la presencia y el hecho de tener una historia para respetar. A mí me encanta cuidarme y hacerme cosas en la piel como láser o colágeno para verme bien, pero me encanta tener la edad que tengo, honro mis años y no me avergüenza decirlo. En las nuevas generaciones hay un efecto dominó, donde todo está puesto en la imagen y hay una disciplina espiritual muy superficial.
Esa desconexión con la edad real se nota mucho en el entorno digital.
Se queda todo en la superficie y la gente consume imágenes artificiales, retocadas y no reales, lo cual implica un esfuerzo y una energía agotadora. No viven en sintonía con su momento, están distraídas de sus vidas y constantemente relacionadas con el espejo. Falta potenciar la belleza intelectual y espiritual, que son en definitiva las que perduran y te transforman en alguien atractivo. Yo me nutro y me cultivo lo más que puedo porque quiero resultar una persona interesante para estar, que tenga cosas valiosas para decir y compartir.
Contame un poco sobre la membresía de «La Colmena» y cómo funciona esa comunidad. Se creó hace dos años y ya somos más de doscientas personas de todo el mundo, lugares como Estados Unidos, Perú, Guatemala, Colombia y España. Somos casi todas mujeres y solo hay tres hombres. Es una comunidad muy virtuosa donde leo todos los comentarios. Me di cuenta de que mucha gente necesita que alguien la ordene. Dejo claro que no soy coach ni nutricionista; soy simplemente una mujer que atravesó muchas cosas, que tuvo que reinventarse mil veces y que comparte su experiencia.
¿Qué dinámicas e impactos reales han visto dentro del grupo?
Todos los meses vemos temas diferentes como la belleza, el desapego, la autoestima, la confianza o el saber recibir. Subo un podcast mensual y una vez por mes tenemos un encuentro por Zoom. Hay testimonios muy movilizantes de personas que han hecho grandes cambios en su vida. Uno de los hombres de la comunidad contó orgulloso que había bajado catorce kilos desde que empezó, ¡y yo no había hablado de ninguna dieta! Solo hablé de hábitos y de metas. En La Colmena cuento mis experiencias más íntimas y mis sufrimientos; a la gente le sirve ver qué hice con lo que me pasó, para levantarme todos los días a ser una mejor persona.
¿Hacés terapia? Toda mi vida hice terapia. Solo estuve diez años sin ir cuando llegué a Uruguay, hasta que encontré a la terapeuta que me gustó. Recomiendo siempre hacer terapia; es tu hora, tu momento, y te consagrás a un espacio que es exclusivamente para vos. A mí me hace muy bien.
¿Qué tenés en mente y qué proyectos se vienen para los próximos meses? La segunda mitad del año es la más exigida. Tengo pensado dar un par de talleres y algunas clases presenciales, que son las que más disfruto. También tengo un viaje planeado a México para la celebración del Día de Muertos, con una escala en Panamá donde me voy a quedar unos días. Aprovecho estos viajes para dar clases porque mi comunidad en Latinoamérica es enorme. Me pasó en Guatemala y me resulta muy placentero conocer a mis seguidoras en persona; se genera algo muy lindo.
¿Hacia dónde apunta hoy tu contenido y tus elecciones de viaje? Tengo mucho contenido para redes y las marcas con las que me vinculo me piden otra dedicación. A la gente le encantan los viajes y los destinos que elijo son siempre en Latinoamérica porque me fascina la cultura ancestral, su flora y su fauna únicas y exóticas. Siempre ponemos los ojos cruzando el Atlántico, pero hace dos años que decidí poner el foco en nuestro continente y hasta que no termine no voy a parar. Me gratifica despertarle a la gente el interés por lugares que no conocían o que no tenían en el radar.
Escuchar a Rose es recordar que el verdadero arte de vivir no radica en la ostentación, sino en la honestidad de los detalles y en la autenticidad de los encuentros cara a cara. Su firme defensa de la sobremesa frente al aislamiento de las pantallas, su filosofía es consistente: la conversación compartida, el encuentro y la generosidad sin pretensiones son las bases para el disfrute real. Recibir con el «alma generosa» se convierte en su mejor legado: una invitación abierta a apagar los teléfonos, sentarse a la mesa, bajar un cambio, habitar y disfrutar del momento presente.
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