Una charla íntima con el artista uruguayo Diego Haretche. Una mirada profunda a la obra de un creador que potencia las grietas, nudos y huellas del tiempo, combinando el arraigo local de Maldonado con una proyección que cautiva a coleccionistas internacionales.

Criado entre los montes nativos y el latido del mar en Maldonado, Diego Haretche lleva la naturaleza grabada en su memoria y en sus sentidos. Tras recorrer un largo camino en el diseño y la publicidad, decidió apagar las pantallas para fundirse con el oficio noble de la carpintería, donde el error se abraza y el «Ctrl+Z» deja de existir.
Desde sus talleres en Parque Rodó y Playa Verde, se consagra como un recolector de tesoros olvidados: maderas rescatadas, vigas cargadas de historia y piezas gastadas por el tiempo. No busca imponer su voluntad sobre la materia, sino escucharla con paciencia infinita. El resultado es un arte vivo, rústico y minimalista que no solo se plasma en esculturas, sino también en esos encuentros multitudinarios alrededor del fuego donde la generosidad y el intercambio le dan el verdadero sentido a su obra.



Te defines más como un «narrador» que, como un escultor tradicional, y has dicho que tu motor es encontrar un pedazo de madera abandonado. ¿Cómo es ese proceso de «escuchar» el pasado de un objeto o una viga de madera para entender qué historia quiere contar?
Nací en Maldonado, en un barrio con montes a pocas cuadras de la playa, si no estábamos en la escuela estábamos dando vueltas entre los árboles íbamos al mar, me eduqué en la naturaleza, era importante saber que estaba pasando, si iba a llover, si venía una tormenta en el mar, eso conecta todos tus sentidos, es la acumulación de las experiencias.
Luego, de grande aprendí de la importancia de estar presente en cada momento, sin importar si estas con alguien, observando el mar o comenzando una escultura con un pedazo de madera. Esa atención te permite ver las historias más ricas, encontrar la belleza de cada pieza y luego dedicando el tiempo que cada proceso necesita, sin apuros y sin querer imponer mi voluntad, surgen las historias detrás de cada obra.

Ese PRESENTE lo tomo como UN REGALO
En tu obra, la madera no se fuerza, se acompaña. ¿Cómo conviven las imperfecciones naturales de la materia (grietas, texturas, nudos) con tu rigurosidad técnica como diseñador?
Muchas veces , siento incompatible integrar o simplemente reconocer mi pasado como diseñador en esta nueva etapa, dedicada exclusivamente al arte.
Cuando comencé en el diseño en los noventa (¡¡FINES DEL SIGLO PASADO!!) ser diseñador no estaba necesariamente vinculado a las computadoras. Como todos sabemos hoy por hoy el diseño es 100% digital.
Hace diez años, fui a estudiar carpintería a Don Bosco para reconectarme con la materia y desnaturalizar esa perfección del diseño digital, después de veinticinco años atrás de una computadora.
Una de las cosas más importantes en ese proceso , fue aceptar que trabajando una madera no existía la posibilidad de hacer CTRL Z (des hacer). Eso me llevó a ser mas atento, cuidadosos y aceptar todas las imperfecciones de la materia e incorporar mis errores a la obra.
Por otro lado, creo que la belleza está en esas texturas, grietas o clavos o pinturas y siento que mi trabajo está en potenciar esas “imperfecciones” para descubrir la historia mas atractiva y ver los años vividos, el paso del tiempo, su evolución. Dedico muchas horas a acentuar esos detalles, sin que se note la herramienta ni mi mano al finalizar la obra.
Me ha pasado, que personas viendo una obra mía me dicen “pero tú no hiciste nada entonces”, yo siento eso como un halago y no le digo que pase horas y días puliendo y lustrando esa pieza tratando de enaltecer cada grieta, tratando de mantener la armonía con su evolución natural.

Tu taller en Parque Rodó (un viejo galpón industrial) y tu espacio en Playa Verde son prácticamente instalaciones artísticas en sí mismas. ¿Qué rol juega el entorno físico y la acumulación de objetos a la hora de encender tu creatividad diaria?
¡Que lindo que vean mis espacios como instalaciones artísticas!
Para mí, es muy importante sentirme cómodo en los lugares que habito para poder producir.
El otro día escribía “Si paso más tiempo ordenando el espacio que trabajando, será que mi obra es ordenar”.
En el fondo, mi arte está intrínsecamente vinculado al orden de la materia y eso lo llevo a mi vida cotidiana. Trato que la experiencia diaria sea bella, armónica.
Carl Sagan dice “La belleza de un ser viviente no está en los átomos que lo componen sino en la forma en que estos átomos están dispuestos”
Pienso en eso cada vez que creo una nueva obra y en el fondo lo hago cada día cuando ordeno mis espacios.
Esos espacios también son famosos por ser escenarios de encuentros pantagruélicos y comidas con amigos. ¿Consideras que la hospitalidad y el intercambio social forman parte del concepto de tu obra?
Si, creo que compartir con otros nos nutre, conocer a las personas en un ambiente cómodo y distendido nos ayuda a sacar lo mejor de cada uno y ahí volvemos a mismo punto, ver la belleza en el otro poder mostrar lo mejor de uno. Al final, eso se refleja no solo en mi obra sino en todos los que pasaron por El Galpón. Lo primero que hice fue un horno de barro, con Kachito, comencé cocinando para un par de amigos y meses después llegaban hasta cincuenta personas un miércoles al medio día, artistas, diseñadores, empresarios, coleccionistas. También venían los empleados de la carnicería, el panadero y “El Gaucho” un señor que vivía en la calle, comía y dormía una siesta con sus perros en un lugar calentito. ¡¡Un medio día un amigo me dice “seguís invitando siempre tu, mira que hay mucha gente!!” le contesté “si vendo una obra pago varios almuerzos” esa tarde vendí tres cuadros. Compartir, invitar, ser generoso es muy importante en mi vida, por ende en mi obra.



Tienes un trasfondo sólido en el diseño gráfico y la publicidad ¿Cuánto de esa meticulosidad publicitaria por «comunicar de forma efectiva» se traslada a la composición de tus piezas de arte?
Y si, en cuanto a la composición de mis piezas soy muy cuidadoso, detallista.
Me gusta sentirme cómodo frente a mis obras, hasta no llegar a ese equilibrio no doy la obra por terminada.
Tal vez lo de comunicar en forma efectiva se vea más en el momento de presentar mi trabajo y no tanto en el momento de crearlo. De la misma manera, dedico mucho tiempo a escuchar o entender la historia detrás de los materiales antes de comenzar a trabajar, dedico mucho tiempo en pensar como lo voy a contar.
En tus proyectos e instalaciones de gran formato, como los desarrollados para residencias, sueles investigar la mitología del lugar o las raíces de la tierra. ¿Cómo te transforma a nivel personal y artístico salir del taller para crear obras efímeras o de gran escala en comunidad?
Salir en busca de experiencias me inspira mucho, me gusta conocer otros lugares y nuevas formas de hacer. Dejar de lado viejas fórmulas y hábitos para descubrir lo nuevo te lleva a renovarte, te cambia y cambia tu obra. Esos procesos llevan tiempo y cuando te volvés permeable a ese nuevo lenguaje es hermoso, es como ser otra persona, aunque sea por un tiempo. El otro día escribía algo que sentí revelador “Ser artista es reconocerse un eterno aprendiz”. En estas experiencias es todo muy intenso y concentrado. En nuestra vida cotidiana los quehaceres diarios nos llevan mucho tiempo, en una residencia no te ocupas de otra cosa que no sea la obra. Lo difícil es volver a casa, ocuparse de las compras, lavar la ropa, tender la cama…

Dado el creciente interés de coleccionistas internacionales en el minimalismo rústico y el arte sustentable uruguayo, ¿está en tus planes futuros llevar tus narraciones en madera a exposiciones individuales permanentes en Europa o Estados Unidos, o prefieres que la experiencia de tu arte permanezca arraigada a la geografía local de Maldonado?»
Creo que ambas cosas pueden ir de la mano, tengo varias obras en el extranjero gracias a importantes coleccionistas, instalaciones en residencias o intercambios con otros artistas, me siento cómodo con eso y las obras se defienden muy bien en esos espacios.
En este momento, estoy trabajando en una muestra monumental basada en la recolección de mas de 20.000 plomadas, sacadas por mi buceando en las rocas de Playa Verde, es una obra con una raíz muy local y específica y a su vez tiene el potencial de ser mostrada en cualquier museo del mundo, habla por sí sola.
Te defines en tus plataformas como un propulsor del ‘intercambio de saberes y poderes’. Mirando hacia los próximos años, ¿contemplas la creación de una escuela, taller abierto o residencia en tu atelier para enseñar a las nuevas generaciones el oficio de escuchar y tallar la madera rescatada?
Cuando me vine a vivir a Playa Verde, tuve que dejar de dar clase en la Universidad de Montevideo, después de más de diez años, me costó mucho la decisión, pero por un tema de distancia, se me hacía muy difícil sostenerlo. Disfruté mucho esa experiencia.
Estando acá, me di cuenta que era muy importante dedicarme un tiempo a mi para reconectar con esta nueva forma, que en el fondo era mi forma original. Después de varios años, contento con el proceso vivido y sintiéndome bien parado en esta realidad, me voy abriendo al intercambio, en principio con artistas que llegan del extranjero, han venido de Brasil, Argentina, España Bélgica y Holanda. Esas experiencias son muy enriquecedoras.
Hasta ahora, la madera y los materiales antiguos han sido tu motor principal. ¿Existe algún material del futuro (orgánico o tecnológico) con el que sientas curiosidad de interactuar e incorporar en tus próximas colecciones?
Si, siempre estoy abierto a investigar nuevos medios o lenguaje, siento que en este camino pueden surgir nuevos materiales, que aún no estoy preparado para ver. Permanentemente se abren nuevos espacios para evolucionar mi experiencia artística.
El arte no siempre se trata de intervenir, sino de saber contemplar y esperar. Entre el rumor del mar de Playa Verde y el orden minucioso de sus talleres, su obra sigue latiendo con la misma frescura de aquel niño que corría entre los montes de Maldonado. Hoy, convertido en un eterno aprendiz que transforma el desecho en poesía visual, su mayor legado no reside únicamente en las piezas que conquistan colecciones internacionales o en las miles de plomadas rescatadas del fondo del océano. Su verdadero impacto está en esa invitación constante a detenernos, habitar el presente como un regalo y aprender a escuchar las historias silenciosas que la materia noble todavía tiene para contarnos.

@haretche